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31 de agosto de 2011

Una noche compartida

Ella siente miedo, y siente culpa. Tal vez el gesto de la noche anterior o el bikini en la playa. Seguro que malinterpretó lo del topless. Algo, algo debió haber hecho mal. Sigue el miedo entre las sábanas. El sudor frío le recorre la espalda y las gotas acarician rápidamente su nuca. Se confunde, ¿son las yemas de sus dedos, son las gotas de sudor o es su mente la que recorre su espalda? El tacto es suave e imperceptible. Ella asustada y estática en la cama, con la respiración muda y concentrada, pero ni aun así escucha el respirar de él. ¿Acaso estará tan concentrado como ella, acariciándola sin pudor? Ella duda ahora, tal vez es su mente, siempre preocupada, predispuesta a la paranoia. Ya no siente nada, tal vez si vuelve al ritmo constante y menos pausado de su respiración pueda volver a dormir. Tal vez si piensa en otras cosas. En la playa, el mar frío, el color canela de su piel. Tal vez si piensa en la frescura del aire, en el azul del cielo, en lo profundo del mar. En el vaivén de esas olas en las que se mecía boca arriba mientras la alejaban de todo. El eco del mar deteniéndose en sus oídos. El silencio de esa inmensa e insondable parte del mundo… el sueño empieza a reconfortarla. Sus pensamientos de disipan, inhala sin preocupación, exhala su miedo y su duda. Gira su cuerpo, su pecho mirando el techo, sus brazos extendidos a lo largo de sí. Relajada, dormida. Él abre sus ojos con cautela y la mira. Escucha atentamente, entre más relajada esté su respiración más profundo será su sueño. El pecho sube y baja. Durante la mañana a través de esa camisilla se adivinan unos pezones pequeños, al igual que sus senos. Esa misma tarde tuvo oportunidad de confirmarlo. Al volver del agua, ella se había deshecho de la parte de arriba del bikini. Así que pudo observarla y confirmar sus sospechas al respecto del tamaño y el color de sus pezones. Vio cómo se estremecían al contacto frío del mar, vio cómo el color de sus senos se hacía canela como el resto de su piel, vio cómo levitaban sobre su cuerpo y volvían a caer al levantarse. La vio toda la tarde sin verla, porque al hablarle veía sus ojos. Ojos negros como abismos a la nada. Esa nada en la que se perdía sin saberlo, con un poco de insinuaciones, de motivos para lanzarse en el mar de sus profundidades. Así que en la noche puede ver solo sus senos, aunque se escondan bajo la camisilla blanca de su pijama. La observa respirando con tanto ritmo, en un sube y baja tan armonioso. Siente deseo por ella, y aunque no lo ha dicho está seguro que ella lo sabe, la forma en que la mira, la forma en que le habla. Los lugares a los que la ha llevado, la comida, el alcohol. Todo ello, todo eso, hace parte de ese pequeño ritual encantador en que los hombres demuestran que quieren adquirir aquello que les ha sido ofrecido. Y ahora, ella se ve tan complacida, una sonrisa en la boca, dispuesta. Separa los labios y pasa saliva. La respiración de él se hace cada vez más fuerte, como la de un perro esperando el agua. Ella está soñando con el mar que la acaricia, con los rastros blancos de la sal que se le pega al cuerpo, con el sol inundándola de sudor, con la transpiración de su entrepierna y la humedad de su cuello. Con las gotas que ahora parecen acariciar su pecho, se despierta rápido pero sin moverse. ¿Acaso fueron unos dedos sobre su piel lo que acaba de sentir? Se gira hacía él y lo ve entre la penumbra, unos segundos después confirma que tiene los ojos cerrados, su respiración es pausada, parece que duerme. Quizás sea sólo parte de su imaginación humedecida por el mar de la tarde.

14 de junio de 2011

El deseo es droga de animales


… that I would be fine even if I went bankrupt

that I would be good if I lost my hair and my youth

Alanis Morissette

El deseo es droga de animales

El paraíso está viciado, lleno de animales en celo depredados en sí mismos ¿Acaso el arca de Noé fue un experimento lascivo, un experimento fallido? Somos el arca del universo. Escondidos hicimos mierda nuestras jaulas. No hay quién nos alimente, no hay quién nos lave, somos una mezcla salvaje de cuerpos contra las paredes del mundo.

Soy animal del paraíso devorado. Soy animal en celo, entregada y arrebatada de mis sueños ahora pesadillas de carne. Soñé con pieles morenas acariciando mis pechos, con manos apretando mi cuerpo, con cuerpos danzando sobre mis pieles. Soñé durante tanto tiempo. Ahora vivo una pesadilla, sudores extraños me recorren, olores profundos se lamentan en mi nariz. Vivo el color acre y nauseabundo de las esquinas de esta ciudad caída en pieles curtidas y abatidas. Deseosas de cerrar los ojos y volver a soñar.

Soy animal en celo del paraíso devorado. Alma humana, cuerpo bestial. Me entregué a mis sueños insaciable, todos quise devorarlos, al final me han engullido ellos a mí. Despojada de deseos puros color carmín, superada por pesadillas granate, hechas de sangre y fluidos acuosos.

Soy una fiera mujer. Hecha de pelos y piel. Sudorosa, olorosa, resbalosa, amante del mundo. Incauta me atrapó el deseo en la cima del mundo, me enjauló, me devolvió a los brazos de los hombres para ser animal tras rejas, de ojos tristes y piel arrugada. Llenándome de tristeza y miedo para descargar esta furia que me llena la cabeza, las manos y los pies. Esta tristeza que pisotea el alma, esta soledad que grita desde lo profundo de mi cuerpo, desde lo vacío de mis vértebras.

Soy una bestia almidonada de ojos acuosos. Quiero escapar y cruzar las fronteras que me detienen en este espejo. Me veo siempre a través de pantallas multicolor que me muestran un paraíso decadente. Figuras ancestrales que detuve para no saber del pasado. Mentí. ¿Acaso existió alguna vez el paraíso?

29 de mayo de 2011

Nebulosas

Tengo sueños abrazados por el humo de la cannabis. Donde soy el centro y este deseo que estalla dentro de mí se derrama por mis poros. Donde tengo la exquisita capacidad de hacer sentir en todos El Deseo. La suprema habilidad de unir los cuerpos al mío, en busca de colmar hambres, porque estoy tan llena que soy como árbol, fruto prohibido lleno de pecados.

Sueño con una cama amplia en la que me hundo en suavidad con un nimio movimiento. Me encuentro al borde y al otro lado, un hombre. En medio de los dos, como perdidos en el vasto mar, están el cuerpo de una niña y el de un joven. Creo, por la forma cercana de sentirlos, que nos une un vínculo de sangre. El joven está cerca a mi pecho, la niña abraza al hombre del otro borde. Tanta calidez hay en el contacto de nuestros cuerpos que siento la necesidad de abrazarlo y le tomo por la espalda, nos sorprendemos al darnos cuenta de nuestra desnudez. Me separo pero el deseo de quedarme junto a él no desaparece. El ardor que siento al poner mi abdomen contra sus nalgas hace palpitar mi pecho. Y siento deseo. Deseo de su cuerpo. Late con prisa mi corazón y tengo miedo y éste va creciendo al ver que la niña me mira y que el hombre ha desaparecido. El chico duerme. Me sobresalto nuevamente el sentir una mano fría en mi espalda. Una mano que se desliza con confianza a mis nalgas y se instala entre ellas acariciando con uno de sus dedos de arriba a abajo. Me abandono al placer. La niña abraza al joven y le da un beso en la frente. Mientras aquella mano me exige cerrar los ojos y abandonarme; aquellos pequeños se pierden en la profundidad de esa cama gigante.

Sueño con un camaleón de suaves fauces, lobo multicolor. Un hombre que se camufla entre el pardo de mi piel. Un animal salvaje que muerde arrancándome gritos de satisfacción. Una elegía por mi muerte. Una metáfora de su amor es comerme. Dentelladas, el aire detenido en mis pulmones, el tiempo detenido en sus labios. Las palabras me abren huecos en la boca. Su piel granate simula la mía que ha sido castigada. Sus manos como garras que deshilachan, me abren el alma mientras yo entre suspiros intento no olvidar su nombre. Sueño también que las personas fuman y beben entre nebulosas terrazas, que hacen el amor tras los muros donde luego los empalan, que son como pañuelos que absorben vinos y fábricas que expulsan humo. A veces también sueño despertar.

28 de mayo de 2011

Argamasa

Cabeza erguida, pies rápidos, los ojos del piso al horizonte y vuelta abajo. Hasta que algo hace que un pie no se ponga delante del otro. Se detiene a observar. Unos pasos más adelante sobre la acera, hay un bloque rectangular, de cuatro metros de alto por dos de ancho. En el centro tallada una circunferencia de bordes corrugados. Un hueco. Un agujero que permite ver el otro lado de la calle. Una escultura posmoderna de un autor anónimo. Un gran ano.

Alicia sonríe. Se le filtra la sonrisa en la comisura de los labios al imaginar el tamaño del instrumento que perforaría tan pulcro orificio. Límpidamente, sin destruir ni cercenar la perfecta circunferencia que en ella se dibuja. Vuelve a mirar la escultura. Una lluvia ligera moja la gran figura humedeciendo su mente. Desea ese poder entre sus piernas. El instrumento capaz de atravesar la argamasa rectangular y labrar sobre ella ese espléndido ojal.

La imagen se queda en su mente. Sigue caminando sin olvidar lo que desea. Entra al bar. El lugar está en penumbra, suena rock de los ochenta. Camina hacia la mesa más alejada. Pide una cerveza. La música continúa. Sus hombros se mecen de un lado a otro. Sigue el compás con los dedos, las uñas golpeteando sobre el borde de madera. Mira la botella, mira el local. Estudia cada una de las mesas. Algunas continúan vacías. Parejas. Grupos de amigos. Un hombre solo. Vuelve a su trago, a la música. Pasan varios minutos, el tipo de la barra le ofrece una copa y luego otra, la invita un cigarro, le coquetea sin resultados positivos.

El hombre solitario, de barba desordenada, se queda mirándola. Ella gira, lo observa y le habla con su cuerpo. Ninguno de los dos abandona los ojos del otro. A Alicia siempre le han gustado las confrontaciones. Lo reta con la mirada. Lo seduce con los labios. Lo llama con sus gestos. El tipo se acerca lentamente, creando un espacio de levedad. Una atmósfera donde los demás no pueden verlos, y ellos no se percatan de que los otros existen y que sus ojos se clavan también sobre sus sexos.

Un animal en celo frente a otro con hambre. Lanzan palabras desde sus labios. Saludos, nombres, profesiones, edades, gustos, deseos, finalmente pasiones. Una lucha silenciosa se despliega sobre la mesa y se va volviendo mordaz a través de cada botella. Entonces, Alicia se da cuenta que su burbuja de intimidad está húmeda, llena de un vapor tibio y pesado. Un olor, penetrante y dulzón, se les ha impregnado en los poros, ella quiere lamerlo en cada sombra de su cuerpo, degustar y sentir esa humedad en su lengua, detenerse y tragar el placer en cada gota, pero las palabras no alcanzan a saltar las vallas que los separan en sus celdas. Ojos de animal enjaulado. No queda más que seguir tomando.

Luego, ella se levanta, pide un cigarrillo y sale a fumarlo. Fuera, da dos caladas y lo deja. Intenta volver a la mesa pero se detiene ante el aroma agridulce de esa barba desordenada que asoma antes de que pueda entrar. Comparten un par de palabras y un poco de cigarro que él acaba de encender.

Me mira con ganas de joderme, de lamerme. Suavemente, a través del humo blanco que expulsa su boca, me acerco. Pongo mis labios en los suyos, meto mi lengua entre su boca, pruebo el sabor seco y agrio del cigarrillo que acaba de aspirar, acaricio sus dientes y siento el profundo de sus mejillas. Toco con mis manos su trasero y lo aprieto, mientras mi boca es penetrada por su tersa lengua.

Los besos del hombre están saturados de desespero, de ansiedad, de esas ganas que ella misma va colmando con sus labios. Sumergidos en el cuerpo del otro sintiendo la realidad acuosa y fresca entre sus piernas. Se detienen para verse, sus pómulos sonrosados, su barba vaporosa y caliente. Ciegos a sus ojos, continúan conociéndose con las yemas, contemplándose entre brumas tibias. Vuelven al bar. Se acarician con incertidumbre, inmersos dentro del otro, sudan y continúan esperando algo que no llega. Las botellas vacías llenan la pequeña mesa de madera. Alicia mojando su ropa interior. Él ocultando su excitación de las miradas de los otros, dejándola solo para ella y su piel. Las caricias sobre la ropa se hacen demasiado evidentes.

Ella le pide que vayan a otro lugar.

Alicia tiene sed de poder. Tiene ganas de comerse el deseo, de ser penetrada por sus sueños, de poseer el objeto de su pasión. El culo de un hombre, como aquella escultura límpida a la que ella misma quiere cincelar. Ser creadora y dueña de su obra. Nunca el deseo de posesión ha sido tan fuerte como esta noche. Se encuentran en la alcoba amoblada especialmente para la ocasión. Ella observa, por medio del espejo, su cuerpo sobre el de él.

Cabalgo sobre su espalda, observo su culo entre mis piernas, mi pubis rozando la hendidura donde se encuentra el ano que quiero perforar. Ensalivo con exquisita delicadeza mi dedo índice, lo hundo suavemente entre mis labios y lo devuelvo al frío ambiente envuelto en babas tibias. Lo paso suavemente entre sus nalgas e intento enterrarlo de a poco en su agujero. Él gime suavemente, levanta su trasero y hace que mi entrepierna llore caudales de líquido gelatinoso y transparente. Cálido. Entrando, le doy tanto placer como me es permitido. Sintiendo cómo me desespera mi propia indecencia, mi incapacidad para controlar la pasión que me chorrea, y entonces, quiero introducir un dedo más, conectarme tanto con él que no pueda sentir placer sin tenerme sobre su cuerpo. Sin temor, pero con torpeza, lo hago, pero ya no gime sino que parece rugir y me desmonta salvajemente de su cabalgadura.

Luego, la penetrada es Alicia. Tan fuerte y tan rápido que su vagina palpita y ella cree que tiembla y retumba como la sangre en los oídos. El gemido de su vulva, del clítoris aplastado por su vientre. Ese deseo de venganza que parece corroerlo le excita terriblemente. Ella ve su frente y sus labios en una mueca de rabia y furor, la gira bruscamente. Mueve su cuerpo con violencia. Un vuelco de piel; como una patada en el aire antes de golpear su vientre, se le detiene la respiración en los labios. Siente cómo le abre el culo. Percibe su fuerza en lo profundo de su cuerpo, cada músculo se contrae, cada poro suda gotas de placer sonrosado. La mente se le nubla. Un eco nace entonces en su pecho y escapa por entre sus dientes agitando las ventanas de la habitación.

Una gota de sudor cae en mi ojo. Me hace recordar la brillante humedad de la escultura pulida y abandonada en el andén de aquella calle.

11 de agosto de 2010

¿Qué, no puedes parar?

Mi ogro sonrosado se ha levantado esta mañana sediento de piel. El olor matutino de tu aliento lo ha despertado. Me abalanzo contra tu pecho para lamer cada poro. Se hinchan mis fosas nasales al percibir el aroma de tus axilas. Se me arremolinan los olores en la nariz. Un vuelco inesperado de piel y mi ogro estará sobre ti. Mi muslo izquierdo, sin pudor, se acerca a tu entrepierna. Con la rodilla acaricio al ogro que hay en ti. Otro giro de piel y me hundo en tus aromas gimiendo con la garganta sonrosada. Guturales sonidos que se detienen en tus oídos. Un mordisco no está de más. El lóbulo derecho se ve tan apetitoso. Lo seduzco acercándolo con mi lengua. Rozándolo con mis dientes. Qusiera arrancarlo sin dolor, mascarlo un rato y retozar con él sobre mi lengua. Tu ogro me llama y me embelesa. Un movimiento sinuoso de mis tripas me señala la sombra sobre tu cuerpo. Mi ogro sonrosado está sobre ti. Me arrojo y en una lucha desigual intento arrancar esa parte de ti que me combate. Mientras tú gritas: ¿qué, no puedes parar?


15 de junio de 2010

III Capítulos pornográficos


I. Altamente alcoholizada.

Sola en la mesa con un litro de cerveza aún por terminar. La cabeza me palpita y las ganas de follar me nublan el pensamiento. Las pocas neuronas activas se conectan unas a otras de manera orgiástica. Mis piernas se estremecen. Estoy tan ansiosa que empiezo a mover mi trasero suavemente contra la silla. Culpando al alto nivel de alcohol en mi cuerpo, diré que nadie percibía mi movimiento.

Afino mi vista como puedo. Ojitos achinados tratando de ver más allá de mis narices. Mis ojos se topan con dos jóvenes justo en la mesa del lado. Los había visto antes. Esa misma noche. Tomo mi cerveza. Intento organizar palabras en mi mente para que no se me note la desesperación y la torpeza. Me siento a su lado y balbuceo algunas frases. Me invitan lo que yo quiera. Termino mi cerveza. Salimos. Uno de ellos habla, el otro no. Así que éste se despide y se va. Me encuentro cara a cara con el otro y lo beso. Le pregunto dónde vive. Lentamente llego a la conclusión de que no vive tan lejos de mi casa. La sensación de cercanía me brinda confianza. El alcohol continúa su recorrido por las venas de mi cabeza, pasando por torrentes detrás de mis orejas.

Subo al taxi y vuelvo a besarlo. Mis neuronas andan montadas unas sobre otras. Las dormidas están siendo violadas. Así que me recuesto en su pecho, me ayuda a bajar la cremallera y siento el vaho cálido de su pene erecto sobre mis labios. El tiempo vuelve a colapsar, cuando levanto nuevamente el rostro, los ojos que veo me espían desde el retrovisor. Así que me alejo de su entrepierna. Intento localizar algún punto conocido, pues de repente la sensación de cercanía se me escapa por entre las piernas, desaparece y con ella mi seguridad. Entramos a un conjunto cerrado. Balbuceo más palabras. Alguna de mis neuronas, escapada a la bacanal, viva aún, empieza a saltar entre las demás. Ve a casa, me dice. Así que le dije que tal vez, otra vez. Me da su teléfono. Le pìde al taxista que me cuide y me deja ir. La sensación de seguridad husmea la punta mis pies. Le pido al conductor que me lleve a casa.

Durante el camino me pregunta si no deseo tomar algo con él. Le digo que me siento enferma. La bacanal en mi cerebro termina. Los únicos líquidos vivos -aún más que yo- son aquellos que siento rebosar en mi garganta. El taxista me lleva a casa. Entro. Busco el dinero. Salgo y pago. Vuelvo a entrar. Prendo la luz del baño y vomito.


II. Sexo sin aspavientos.

Él se posa sobre mis senos, sobre mi ombligo, rozando mi pubis con su cuerpo. Con ese él mismo palpitante entre sus piernas. Nada que no hubiese hecho antes. Hasta que su mano oscura se levanta en el aire y sólo escucho cómo mi sangre golpetea escapando en torbellino contra mis sienes, el eco de un golpe susurra sobre el viento y mi quijada dolorosa suelta un suspiro de excitación. Me penetra, con fuerza y rapidez. Las gotas de su sudor recorren mi rostro y mi pecho, uniéndome a él con algo más que líquidos gelatinosos y transparentes.

Un nuevo golpe, hace estallar mi cabeza en relámpagos de miedo que me absorben. No pienso. No pienso. Todo se borra durante instantes tensos y temblorosos. Mis piernas se resisten, mi cuerpo se endurece y se cierra. Me pienso una caverna oscura y fría. Altanera. Una mole de piedra ajena a la existencia humana. Inalcanzable. Yerta, casi muerta. Hasta que la sangre caliente se desvanece de mis sienes, deja de palpitar en mis oídos, se riega por mis mejillas, estalla el color rojo tibio en mis labios y su saliva enfría la sensación de vacío y miedo que me arrellana y me aleja. Se lleva mi sangre en sus labios. Mi dolor en sus oscuras manos. Mi soledad entre sus piernas.

Me despierto. Un bostezo me trae el recuerdo de sus palmas. La quijada adolorida. El labio resquebrajado. Ni un haz de luz se cuela por las pesadas cortinas color naranja. Debe ser pasada la media noche. No puedo creer que me haya quedado dormida al lado de un desconocido ¿por cuánto tiempo? Me deslizo entre las sábanas. Recojo mi ropa en silencio. Cuando lo veo claramente me está mirando.

Mueve su mandíbula. La inclina señalando el espacio más cercano a su cuerpo desnudo. Me pongo la ropa interior y mi camisa. Me acerco. Su olor me perturba. Me besa. Me acaricia el cabello, hala de el. De repente una cachetada retumba en la habitación. Me ha golpeado el rostro. Duele tanto que me quema por dentro. Mis ojos se nublan de lágrimas que ni yo misma entiendo. Me abraza y se excusa. Lo desmiente su erección. Me culpa mi excitación. Lo beso, aún con lágrimas resbalando por mi cuello. Tomo su pene con mi mano izquierda y volvemos a tener sexo. Al fin y al cabo, tendría que quedarme allí al menos hasta dos horas después.


III. Sexo. Más sexo. Sexo sin consecuencias.

Durante el camino al motel cruzamos por un parque. Son las 2 de la mañana. El deseo corrompe mi razón. En medio de aquel verde oscuro -un paisaje solitario donde los columpios no se mecen-, lo detengo bruscamente. No miro sus ojos. Veo su rostro. El deseo brilla en la comisura de sus labios. Acerco mi lengua y lo saboreo. Saboreo su deseo de mí. Siento la punta de sus colmillos y me hundo dentro su cuerpo. Acerco mi cintura y sobre la ropa confirmo que el deseo me pertenece. Mis brazos dejan su cintura, mis manos abandonan su tibia espalda. Todo un torbellino en mi cabeza. Mis ojos nublados, creyendo que la soledad me esconde. Me interno en la oscuridad de mi mente y me miento. Nadie nos ve. Naufrago. Caigo rendida al calor de su entrepierna; y allí mismo, intento colocarlo en mi boca. Pero un arrebato de su censura me lo impide.

Llegamos al motel. Sexo. Nada que no hubiese hecho antes. Más sexo. Abro mi boca con poca complacencia. Su dedo índice se introduce con suavidad, el sabor amargo y salado del mugre de la calle fluye por las cavidades de mi boca y se arrellana sobre mi lengua. Absurdo, aunque el sabor me desilusiona, el movimiento de su dedo me excita.

La alcoba es un plano cartesiano en tres dimensiones. Mi cuerpo una arista, horizontal, vertical, diagonal, curva. Veo el arriba, abajo y por debajo. Sexo. Más sexo. Sexo sin consecuencias.

25 de abril de 2010


Quiero dejar de comerme el mundo

Noches enteras después de sexo sin aspavientos, demasiado rápido, corto o poco gratificante; he pensado que quiero dejar de comerme el mundo. Muchas otras veces cuando el estrés me acorrala contra las paredes sonrosadas de mi propio cuerpo, he pensado que quiero dejar de comerme el mundo. Cuando encuentro noches eternas que no me dejan descansar en sueño sino que me revuelven en pesadillas reciriminándome a mi misma por lo que acabo de hacer, he pensado que quiero dejar de comerme el mundo. No quiero ser una plaga. Alguien que persigue y come sin parar. No quiero estar llena, quisiera ser un poco más frágil y liviana.


Púdrete en mi tierra

Ya no se lo que de la vida quiero. Ya no veo qué puede ser mejor. Nadie sabe qué esperar de ella. A veces todo parece sólo dolor.

Unas ganas infinitas

de explotar en llanto

de gritar de dolor

de romper ventanas y desaparecer puertas

de salir desbocados de nuestras prisiones

de cruzar las calles para llegar al otro lado

de fumarnos las colillas

de aspirar todos los polvos

de abrirnos el pecho y mostrarle a todos nuestro corazón

de gemir en silencio acurrucados en la esquina más oscura del mundo

de sollozar porque nos han abandonado.

Espinas atadas a la mente

Toqué el cielo con mi pubis. Me perdí en segundos infinitos, largos como el tiempo que se derrite dentro del cuerpo, se hace liquido, gelatina, transparencias de mi mente que me detienen entre las líneas perpendiculares del espacio-tiempo y permiten que sea un punto en tres dimensiones. Un orgasmo, dos, tres, cuatro. El fenómeno de haber nacido mujer y tener la capacidad de llegar al cielo y ver angelitos con cachos que me saludan mientras manosean mi deseo. Me masturbo cada noche que puedo, cada noche que veo que las puertas del placer se abren de par en par en mi mente y mis muslos responden tensándose al toque de mis dedos. Me hundo entonces en esa entrada resbalosa al mundo donde mis pensamientos se dispersan y solo sonrisas y gemidos brotan de mis labios. Un mundo lleno de rosadas y palpitantes paredes y puertas de entrada y salida por donde me entretengo dejando y olvidando hasta que mi pubis toca el cielo. Una risa se me escapa en medio de la noche silenciosa y las manos se cansan a lado y lado de mi cuerpo. Entonces duermo y las pesadillas desaparecen, por unos eternos minutos, hasta que despierto y veo cómo algunas espinas se han atado a mi mente.

La tristeza no es un narcotizante.

¿Quién soy yo? ¿Qué soy? Una escritora.

¿A qué viene esto? me pregunto. Tan mal van las cosas que siento que el odio se me ha acumulado como un nudo en la garganta que ya no pasa saliva por mi boca, si no que algo repugnante se ha estancado en ella, algo agrio y salado. Palabras cargadas de ira que se escupen sin control. Soy una herramienta del arma en que la humanidad nos hemos convertido. Somos el hijo bobo y maquiavélico de la madre. La creación más asquerosa y estúpida que ha poblado el planeta. Sucios por dentro y por fuera. Debimos haber sido un aborto. No somos más que la esperanza guardada en el puño sudoroso de un dios en el que no creo. Palpitante, como el zancudo que atrapamos mientras jode nuestra rutina de escribir en las noches frente al computador. Soy el resultado asqueroso de la fusión de causas relativas –porque todo es relativo, aún desde la física –

Me rijo por la filosofía metafísica del placer y practico la pedagogía del asco. Me comporto de manera conductista, es decir que reacciono de acuerdo a refuerzos pero pienso y sueño de manera psicoanalítica, de forma inconsciente y con la ayuda de mecanismos de defensa. No tengo principios incuestionables, más bien discutibles y desearía ser vegetariana al menos cuatro veces a la semana, pero eso, es sólo un deseo. Lo demás es una realidad. Soy escritora. Una mujer. Un pensamiento que se escapa. Una idea que ilumina. Una imagen que acapara. Una reflexión que atormenta.

Discurrir de la conciencia. Escritura automática. Nada más que una página de mi diario, editable y publicable.

20 de noviembre de 2009

Estaba enferma

Mi lengua saboreando los poros de su cuello. El sudor recorriendo su rostro. El cansancio adornando los músculos de su vientre. Su pecho subiendo y bajando. Exhausto al lado de mi cuerpo. El único hombre. Antes de caer sobre sus hombros, consumida, resguardé entre mis párpados ese último resquicio de sueño después del sexo; ese que me hace alucinar despierta. Luego, lo dejé. No debí, pero tenía que. Lo miré, siempre me llevo una última imagen antes de salir de su cuarto. La salida. Abrí la puerta y crucé al otro lado. El lado vacío de mis entrañas.

Tan pronto siento mi pie sobre las escaleras, me arde algo que es indefinido para mí, detrás de los músculos de mi abdomen. Bajo. Oriné con sangre esta mañana. El período debe estar por llegar. Ojalá no sea esta noche. Debo prepararme. Franca dice que este tipo es muy particular.


Llega la noche.

Inminente.


El olor de este hombre es como el de una fruta dañada, dulzón y agrio al mismo tiempo. Tanto tiempo pensando en su olor para que esta desagradable mezcla que se me cuela por entre los pelos de la nariz me provoque. Estoy sentada en el sofá de cuero blanco marfil, en mi casa. Cruzo las piernas, mi escote es amplio, llevo zapatos altos. El viejo me observa con detenimiento. Su sonrosada lengua acaricia sus desgastados labios. Un resquicio de morbo y pasión puntea en el iris de su ojo derecho. La champaña sigue fría sobre la mesilla de cristal. El vejete saca dos copas de los bolsillos internos de su gabardina. Se sienta a mi lado y sirve. El olor me nubla los pensamientos. Algo horrible me excita. Su pelo desarreglado y aquella mano huesuda sobre mis piernas. Un pálpito doloroso por la imagen cruda y sucia de su falo me llena la mente. Siento que mis ojos se nublan también. Nada más llena el plano de mi visión. Sólo el aceitoso y chorreante pedazo de carne que crece mientras él me dice cómo le gusta que le chupen el culo.

La noche pasa.

Lejana.

Manchas profundas de saliva infectada de semen, se escurren de su boca manchando su almohada blanca de plumas. Cabellos negros, crespos, completan el cuadro repugnante que hacen ella y sus piernas abiertas sobre las desordenadas sábanas de seda dorada. Alrededor de sus senos y sobre sus ingles, costras de semen seco caen por pedazos.

Se levanta y toda su desnudez brilla sobre el fondo blanco de la pared. Cae de rodillas y vomita sobre su alfombra verde. Se levanta nuevamente tambaleante, aspira y siente el fuerte hedor de su aliento. Pasa saliva no sin asco. Llega al baño, abre la ducha y deja que la bañera se llene mientras la mira alelada, tratando de recordar qué hace. Se sienta en la taza. El hedor de sus heces se esparce rápidamente por todo el cuarto. El olor podrido de sus entrañas llena todo el espacio. Siente asco de sí misma. Sale del baño y abre las dos ventanas de su habitación, pero la esencia se encuentra dentro de su cuerpo, sobre las yemas de sus dedos, ondeando en los vellos de sus fosas nasales. Un hedor insoportable a charca estancada, a tubos lodosos, a comida revuelta y podrida. Está enferma.

La noche hiere.

Profundo.

Tibia bajo las sábanas sucias. Retorciéndose tratando de calmar el dolor. Enferma. Poseída y penetrada. Enferma. Visceralmente llena de infecciones y parásitos. Enferma. Y sólo quería comérselo, tragarlo entero sin masticar para abrirse las entrañas y expulsar líquidos virulosos y purulentos. El semen se le resbala por la comisura de los labios. Lo mira sin verlo, despierta de ese débil espasmo de remordimiento y lame.

La vida pasa.

Luna menguante.

Estaba enferma, y sólo quería consumirlo, absorberlo. Sudaba pegada a la sábana grisácea que hacía mucho no lavaba. Sólo quería pasarlo, saberlo suyo retorciéndose sobre el colchón de retazos que le pertenecía. Y él, que nada sabía, la estrujaba, la empujaba, empujaba dentro de sí. La agrietaba, la rompía. La acababa. Cada palabra dulce la fustigaba. La derrumbaba.

Una tos grumosa, es el signo invariable de las muestras físicas que su cuerpo expulsa para hacerse escuchar. Ella no quiere. No sabe. No entiende. La tos hace eco. Retumba con el sonido hueco de las flemas dentro de su garganta. Suspira y retiene su respiración con violencia. Sabe. Entiende. La fetidez de su aliento puede colmar todos los espacios, todos los vientos. Deja de moverse, quisiera dejar de respirar. Húmeda, olorosa, moribunda. Se desvanece sobre el cuerpo fatigado del único hombre que no le ha pagado.

27 de septiembre de 2009

El ala izquierda


Dos deseos mueven mi mundo. Dos deseos que muchas veces han sido como uno. Dos deseos que descubren el secreto de mi mutismo y que le dan vida a mi vida dentro de mi boca. Se me ha ido la vida escribiendo por toneladas, intentando que se me olvide el mundo. Resguardando entre los párpados ese último resquicio de sueño después del sexo; ese que nos hace alucinar despiertos.

Si no pudiera escribir moriría muda dentro de mi cuerpo oscuro y alejado del mundo. Si no pudiera escribir me sentiría casi autista, alejada de todos y de todo. Sería un cúmulo de conocimientos, de experiencias que no encontrarían comprensión y que finalmente se perderían entre mis huesos y la sangre de mis venas. Sigo imaginando mundos que me son desconocidos aunque habite en ellos constantemente. Vuelo en el ala izquierda de mi imaginación pero siento que no llego lejos, no me alejo mucho de lo que soy. No puedo convertirme en otra, ni en nada que no sea yo. Algún día te regalaré un cuento o te escribiré en uno. Podrías ser mi musa, mi todo, mi gran inspiración si ayudas a llenar mi cabeza de sueños que floten en cielos despejados color azul. Si ayudas a que mi mente se aleje de este mundo cotidiano donde siento que vivir no tiene sentido si no logro escribir y volar en el ala izquierda de mi imaginación.

El deseo del sexo, de la unión perfecta casi metafísica y tan poco material. Si no pudiera encontrar tu cuerpo, mi cuerpo se arrugaría de repente, me abandonaría el deseo supremo de sentirme viva. La naturaleza no sería lo mismo para mí. No podría volver a ver días brillantes con los mismos ojos. No podría amar. Y sin embargo, debo decirte que no te necesito a mi lado. No necesito vanas promesas. Ni amores jurados. Demuéstrame que podemos hacer leves nuestras vidas con unas pocas palabras. Ya pesado es nuestro diario vivir. Las horas interminables gastadas en espacios vacíos, en palabras huecas, en miradas ajenas. No necesito más que el sudor en gotas de cada poro de tu piel para sentir que el mundo tiene sentido. Tal vez una lágrima surcando tu mejilla. Tal vez el deseo hecho carne en tu piel. Tal vez el deseo hecho materia en gemidos a viva voz. Sólo la humedad de tu sexo puede devolverme el mundo perdido del ala izquierda de mi imaginación.