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29 de mayo de 2011

Nebulosas

Tengo sueños abrazados por el humo de la cannabis. Donde soy el centro y este deseo que estalla dentro de mí se derrama por mis poros. Donde tengo la exquisita capacidad de hacer sentir en todos El Deseo. La suprema habilidad de unir los cuerpos al mío, en busca de colmar hambres, porque estoy tan llena que soy como árbol, fruto prohibido lleno de pecados.

Sueño con una cama amplia en la que me hundo en suavidad con un nimio movimiento. Me encuentro al borde y al otro lado, un hombre. En medio de los dos, como perdidos en el vasto mar, están el cuerpo de una niña y el de un joven. Creo, por la forma cercana de sentirlos, que nos une un vínculo de sangre. El joven está cerca a mi pecho, la niña abraza al hombre del otro borde. Tanta calidez hay en el contacto de nuestros cuerpos que siento la necesidad de abrazarlo y le tomo por la espalda, nos sorprendemos al darnos cuenta de nuestra desnudez. Me separo pero el deseo de quedarme junto a él no desaparece. El ardor que siento al poner mi abdomen contra sus nalgas hace palpitar mi pecho. Y siento deseo. Deseo de su cuerpo. Late con prisa mi corazón y tengo miedo y éste va creciendo al ver que la niña me mira y que el hombre ha desaparecido. El chico duerme. Me sobresalto nuevamente el sentir una mano fría en mi espalda. Una mano que se desliza con confianza a mis nalgas y se instala entre ellas acariciando con uno de sus dedos de arriba a abajo. Me abandono al placer. La niña abraza al joven y le da un beso en la frente. Mientras aquella mano me exige cerrar los ojos y abandonarme; aquellos pequeños se pierden en la profundidad de esa cama gigante.

Sueño con un camaleón de suaves fauces, lobo multicolor. Un hombre que se camufla entre el pardo de mi piel. Un animal salvaje que muerde arrancándome gritos de satisfacción. Una elegía por mi muerte. Una metáfora de su amor es comerme. Dentelladas, el aire detenido en mis pulmones, el tiempo detenido en sus labios. Las palabras me abren huecos en la boca. Su piel granate simula la mía que ha sido castigada. Sus manos como garras que deshilachan, me abren el alma mientras yo entre suspiros intento no olvidar su nombre. Sueño también que las personas fuman y beben entre nebulosas terrazas, que hacen el amor tras los muros donde luego los empalan, que son como pañuelos que absorben vinos y fábricas que expulsan humo. A veces también sueño despertar.

28 de mayo de 2011

Argamasa

Cabeza erguida, pies rápidos, los ojos del piso al horizonte y vuelta abajo. Hasta que algo hace que un pie no se ponga delante del otro. Se detiene a observar. Unos pasos más adelante sobre la acera, hay un bloque rectangular, de cuatro metros de alto por dos de ancho. En el centro tallada una circunferencia de bordes corrugados. Un hueco. Un agujero que permite ver el otro lado de la calle. Una escultura posmoderna de un autor anónimo. Un gran ano.

Alicia sonríe. Se le filtra la sonrisa en la comisura de los labios al imaginar el tamaño del instrumento que perforaría tan pulcro orificio. Límpidamente, sin destruir ni cercenar la perfecta circunferencia que en ella se dibuja. Vuelve a mirar la escultura. Una lluvia ligera moja la gran figura humedeciendo su mente. Desea ese poder entre sus piernas. El instrumento capaz de atravesar la argamasa rectangular y labrar sobre ella ese espléndido ojal.

La imagen se queda en su mente. Sigue caminando sin olvidar lo que desea. Entra al bar. El lugar está en penumbra, suena rock de los ochenta. Camina hacia la mesa más alejada. Pide una cerveza. La música continúa. Sus hombros se mecen de un lado a otro. Sigue el compás con los dedos, las uñas golpeteando sobre el borde de madera. Mira la botella, mira el local. Estudia cada una de las mesas. Algunas continúan vacías. Parejas. Grupos de amigos. Un hombre solo. Vuelve a su trago, a la música. Pasan varios minutos, el tipo de la barra le ofrece una copa y luego otra, la invita un cigarro, le coquetea sin resultados positivos.

El hombre solitario, de barba desordenada, se queda mirándola. Ella gira, lo observa y le habla con su cuerpo. Ninguno de los dos abandona los ojos del otro. A Alicia siempre le han gustado las confrontaciones. Lo reta con la mirada. Lo seduce con los labios. Lo llama con sus gestos. El tipo se acerca lentamente, creando un espacio de levedad. Una atmósfera donde los demás no pueden verlos, y ellos no se percatan de que los otros existen y que sus ojos se clavan también sobre sus sexos.

Un animal en celo frente a otro con hambre. Lanzan palabras desde sus labios. Saludos, nombres, profesiones, edades, gustos, deseos, finalmente pasiones. Una lucha silenciosa se despliega sobre la mesa y se va volviendo mordaz a través de cada botella. Entonces, Alicia se da cuenta que su burbuja de intimidad está húmeda, llena de un vapor tibio y pesado. Un olor, penetrante y dulzón, se les ha impregnado en los poros, ella quiere lamerlo en cada sombra de su cuerpo, degustar y sentir esa humedad en su lengua, detenerse y tragar el placer en cada gota, pero las palabras no alcanzan a saltar las vallas que los separan en sus celdas. Ojos de animal enjaulado. No queda más que seguir tomando.

Luego, ella se levanta, pide un cigarrillo y sale a fumarlo. Fuera, da dos caladas y lo deja. Intenta volver a la mesa pero se detiene ante el aroma agridulce de esa barba desordenada que asoma antes de que pueda entrar. Comparten un par de palabras y un poco de cigarro que él acaba de encender.

Me mira con ganas de joderme, de lamerme. Suavemente, a través del humo blanco que expulsa su boca, me acerco. Pongo mis labios en los suyos, meto mi lengua entre su boca, pruebo el sabor seco y agrio del cigarrillo que acaba de aspirar, acaricio sus dientes y siento el profundo de sus mejillas. Toco con mis manos su trasero y lo aprieto, mientras mi boca es penetrada por su tersa lengua.

Los besos del hombre están saturados de desespero, de ansiedad, de esas ganas que ella misma va colmando con sus labios. Sumergidos en el cuerpo del otro sintiendo la realidad acuosa y fresca entre sus piernas. Se detienen para verse, sus pómulos sonrosados, su barba vaporosa y caliente. Ciegos a sus ojos, continúan conociéndose con las yemas, contemplándose entre brumas tibias. Vuelven al bar. Se acarician con incertidumbre, inmersos dentro del otro, sudan y continúan esperando algo que no llega. Las botellas vacías llenan la pequeña mesa de madera. Alicia mojando su ropa interior. Él ocultando su excitación de las miradas de los otros, dejándola solo para ella y su piel. Las caricias sobre la ropa se hacen demasiado evidentes.

Ella le pide que vayan a otro lugar.

Alicia tiene sed de poder. Tiene ganas de comerse el deseo, de ser penetrada por sus sueños, de poseer el objeto de su pasión. El culo de un hombre, como aquella escultura límpida a la que ella misma quiere cincelar. Ser creadora y dueña de su obra. Nunca el deseo de posesión ha sido tan fuerte como esta noche. Se encuentran en la alcoba amoblada especialmente para la ocasión. Ella observa, por medio del espejo, su cuerpo sobre el de él.

Cabalgo sobre su espalda, observo su culo entre mis piernas, mi pubis rozando la hendidura donde se encuentra el ano que quiero perforar. Ensalivo con exquisita delicadeza mi dedo índice, lo hundo suavemente entre mis labios y lo devuelvo al frío ambiente envuelto en babas tibias. Lo paso suavemente entre sus nalgas e intento enterrarlo de a poco en su agujero. Él gime suavemente, levanta su trasero y hace que mi entrepierna llore caudales de líquido gelatinoso y transparente. Cálido. Entrando, le doy tanto placer como me es permitido. Sintiendo cómo me desespera mi propia indecencia, mi incapacidad para controlar la pasión que me chorrea, y entonces, quiero introducir un dedo más, conectarme tanto con él que no pueda sentir placer sin tenerme sobre su cuerpo. Sin temor, pero con torpeza, lo hago, pero ya no gime sino que parece rugir y me desmonta salvajemente de su cabalgadura.

Luego, la penetrada es Alicia. Tan fuerte y tan rápido que su vagina palpita y ella cree que tiembla y retumba como la sangre en los oídos. El gemido de su vulva, del clítoris aplastado por su vientre. Ese deseo de venganza que parece corroerlo le excita terriblemente. Ella ve su frente y sus labios en una mueca de rabia y furor, la gira bruscamente. Mueve su cuerpo con violencia. Un vuelco de piel; como una patada en el aire antes de golpear su vientre, se le detiene la respiración en los labios. Siente cómo le abre el culo. Percibe su fuerza en lo profundo de su cuerpo, cada músculo se contrae, cada poro suda gotas de placer sonrosado. La mente se le nubla. Un eco nace entonces en su pecho y escapa por entre sus dientes agitando las ventanas de la habitación.

Una gota de sudor cae en mi ojo. Me hace recordar la brillante humedad de la escultura pulida y abandonada en el andén de aquella calle.

13 de septiembre de 2010

Ligerezas

Sin prohibiciones en la palabra, sólo unas de más en bocas cerradas. Sin jurar en vano o prometer imposibles. Sin buscarte más allá de encontrar tus labios o toparme con tus ojos. Sin omitir, mentir u ocultar. Estar contigo me libera. No hay anclas que dejar, ni barcos detenidos en altamar. No hay dolor contigo. Ni futuro.

Éramos tan leves.

Hasta que mi deseo escapó por los poros ocupando un lugar en mi mente y te hiciste una presencia continua. Mis pensamientos empezaron a divagar esbozando tu figura. Susurrando tu tono de voz suavemente sobre los lóbulos de mis orejas. Tu cuerpo como un ente hizo conciencia en mi cotidianidad y empezaste a pesarme. A subirte en mis hombros y hacerme doler la conciencia. Temí por ti, cuando creí que eras ligero, pero al final es tu sombra quien se ha quedado bajo mis párpados. Irrumpes en mis sueños. La piel de todo tu cuerpo que rozando la mía me demostraba que el deseo continuaba en mis poros. Pero despierto, ¿sabes? Y un eco de sollozo se me ahoga en la garganta.

En la prisa de evitarlo me desnudé sin restricciones. Con la rapidez del momento, con el palpitar en tormento. Ya no pude respirar más, las babas se atascaron, los labios se abrieron, un murmullo al menos quise pronunciar. Nada. Ni una sola lágrima pude esbozar.

La verdad es que la voluntad no me alcanza. La verdad es que el deseo se me arrellana en la yema de los dedos recorriendo a galopes mi cuerpo hasta llegar a mi pecho y darle un golpe en seco al corazón, para que toda la sangre corra como olas por mi cuerpo y me sonroje de solo pensar en ti.

Pero la solté. Mi barco se detuvo en medio de lo que creí un suave sueño. Un monótono vaivén sobre las mismas olas me devolvió a la realidad. Las anclas siempre yacen donde las dejamos. Pesadas. Lo ligero se ha acabado.

10 de junio de 2010

V Actitudes Suicidas

Una actitud suicida y un suicidio son dos actos completamente distintos. Un suicidio implica una acción. No una acción-reacción, es decir, no algo que se realice sin sentido. Es más, el suicidio implica una razón, un argumento, un sentido en sí mismo. Es, además, una acción completamente voluntaria. Es tan humanamente voluntaria, que es la acción más libre que le atañe al hombre decidir.

No lo es en cambio una actitud suicida. Subyace a esta pseudo-determinación un sinsentido desconocido. Es decir, la persona ni siquiera es capaz de reconocer que no tiene sentido o que éste sinsentido es el que la lleva a adquirir esta actitud. La llamo así mismo pseudo-determinación –que es el sinónimo más alejado a voluntad- en la medida en que habla de una decisión, pero antepone al término el prefijo pseudo que quiere decir casi, y todos sabemos que los casi no existen. Es así como esta pseudo-determinación termina siendo lo que es, una ilusión de decisión, un autoconvencimiento, una manera de creer que tenemos al toro por los cachos.

Entonces, retomando, decimos que una actitud suicida nace de una pseudo-determinación, mientras que un suicidio nace de una razón argumentada o una decisión completamente voluntaria.

El suicidio además, compromete a la persona. Es decir, que solo una persona responsable de sí misma y sus decisiones puede llevar a cabo un suicidio. Cumplir con su deseo de muerte o cumplirle a la muerte de manera sensata y decidida. Sin retractarse ni impedir el cauce de los acontecimientos elegidos.

Una actitud suicida, al contrario, ni siquiera promete la muerte a quién la sustenta. Es simplemente un acto irresponsable que responde a una ilusión de libertad. Es más, podríamos afirmar que incluso, el ser más temeroso a la muerte, podría vanagloriarse de poseer una de estas actitudes, que sin más, podrían prometerle a él mismo, la cercanía a Dios.

Es la manera sencilla de categorizar ciertos actos que parecen ser inconsistentes –que lo son- pero así mismo inexplicables -que no lo son-. Así tenemos cinco personajes que en nuestra historia reflejan aquello que he llamado: V Actitudes Suicidas.

25 de abril de 2010


Quiero dejar de comerme el mundo

Noches enteras después de sexo sin aspavientos, demasiado rápido, corto o poco gratificante; he pensado que quiero dejar de comerme el mundo. Muchas otras veces cuando el estrés me acorrala contra las paredes sonrosadas de mi propio cuerpo, he pensado que quiero dejar de comerme el mundo. Cuando encuentro noches eternas que no me dejan descansar en sueño sino que me revuelven en pesadillas reciriminándome a mi misma por lo que acabo de hacer, he pensado que quiero dejar de comerme el mundo. No quiero ser una plaga. Alguien que persigue y come sin parar. No quiero estar llena, quisiera ser un poco más frágil y liviana.


Púdrete en mi tierra

Ya no se lo que de la vida quiero. Ya no veo qué puede ser mejor. Nadie sabe qué esperar de ella. A veces todo parece sólo dolor.

Unas ganas infinitas

de explotar en llanto

de gritar de dolor

de romper ventanas y desaparecer puertas

de salir desbocados de nuestras prisiones

de cruzar las calles para llegar al otro lado

de fumarnos las colillas

de aspirar todos los polvos

de abrirnos el pecho y mostrarle a todos nuestro corazón

de gemir en silencio acurrucados en la esquina más oscura del mundo

de sollozar porque nos han abandonado.

Espinas atadas a la mente

Toqué el cielo con mi pubis. Me perdí en segundos infinitos, largos como el tiempo que se derrite dentro del cuerpo, se hace liquido, gelatina, transparencias de mi mente que me detienen entre las líneas perpendiculares del espacio-tiempo y permiten que sea un punto en tres dimensiones. Un orgasmo, dos, tres, cuatro. El fenómeno de haber nacido mujer y tener la capacidad de llegar al cielo y ver angelitos con cachos que me saludan mientras manosean mi deseo. Me masturbo cada noche que puedo, cada noche que veo que las puertas del placer se abren de par en par en mi mente y mis muslos responden tensándose al toque de mis dedos. Me hundo entonces en esa entrada resbalosa al mundo donde mis pensamientos se dispersan y solo sonrisas y gemidos brotan de mis labios. Un mundo lleno de rosadas y palpitantes paredes y puertas de entrada y salida por donde me entretengo dejando y olvidando hasta que mi pubis toca el cielo. Una risa se me escapa en medio de la noche silenciosa y las manos se cansan a lado y lado de mi cuerpo. Entonces duermo y las pesadillas desaparecen, por unos eternos minutos, hasta que despierto y veo cómo algunas espinas se han atado a mi mente.

La tristeza no es un narcotizante.

¿Quién soy yo? ¿Qué soy? Una escritora.

¿A qué viene esto? me pregunto. Tan mal van las cosas que siento que el odio se me ha acumulado como un nudo en la garganta que ya no pasa saliva por mi boca, si no que algo repugnante se ha estancado en ella, algo agrio y salado. Palabras cargadas de ira que se escupen sin control. Soy una herramienta del arma en que la humanidad nos hemos convertido. Somos el hijo bobo y maquiavélico de la madre. La creación más asquerosa y estúpida que ha poblado el planeta. Sucios por dentro y por fuera. Debimos haber sido un aborto. No somos más que la esperanza guardada en el puño sudoroso de un dios en el que no creo. Palpitante, como el zancudo que atrapamos mientras jode nuestra rutina de escribir en las noches frente al computador. Soy el resultado asqueroso de la fusión de causas relativas –porque todo es relativo, aún desde la física –

Me rijo por la filosofía metafísica del placer y practico la pedagogía del asco. Me comporto de manera conductista, es decir que reacciono de acuerdo a refuerzos pero pienso y sueño de manera psicoanalítica, de forma inconsciente y con la ayuda de mecanismos de defensa. No tengo principios incuestionables, más bien discutibles y desearía ser vegetariana al menos cuatro veces a la semana, pero eso, es sólo un deseo. Lo demás es una realidad. Soy escritora. Una mujer. Un pensamiento que se escapa. Una idea que ilumina. Una imagen que acapara. Una reflexión que atormenta.

Discurrir de la conciencia. Escritura automática. Nada más que una página de mi diario, editable y publicable.

27 de septiembre de 2009

El ala izquierda


Dos deseos mueven mi mundo. Dos deseos que muchas veces han sido como uno. Dos deseos que descubren el secreto de mi mutismo y que le dan vida a mi vida dentro de mi boca. Se me ha ido la vida escribiendo por toneladas, intentando que se me olvide el mundo. Resguardando entre los párpados ese último resquicio de sueño después del sexo; ese que nos hace alucinar despiertos.

Si no pudiera escribir moriría muda dentro de mi cuerpo oscuro y alejado del mundo. Si no pudiera escribir me sentiría casi autista, alejada de todos y de todo. Sería un cúmulo de conocimientos, de experiencias que no encontrarían comprensión y que finalmente se perderían entre mis huesos y la sangre de mis venas. Sigo imaginando mundos que me son desconocidos aunque habite en ellos constantemente. Vuelo en el ala izquierda de mi imaginación pero siento que no llego lejos, no me alejo mucho de lo que soy. No puedo convertirme en otra, ni en nada que no sea yo. Algún día te regalaré un cuento o te escribiré en uno. Podrías ser mi musa, mi todo, mi gran inspiración si ayudas a llenar mi cabeza de sueños que floten en cielos despejados color azul. Si ayudas a que mi mente se aleje de este mundo cotidiano donde siento que vivir no tiene sentido si no logro escribir y volar en el ala izquierda de mi imaginación.

El deseo del sexo, de la unión perfecta casi metafísica y tan poco material. Si no pudiera encontrar tu cuerpo, mi cuerpo se arrugaría de repente, me abandonaría el deseo supremo de sentirme viva. La naturaleza no sería lo mismo para mí. No podría volver a ver días brillantes con los mismos ojos. No podría amar. Y sin embargo, debo decirte que no te necesito a mi lado. No necesito vanas promesas. Ni amores jurados. Demuéstrame que podemos hacer leves nuestras vidas con unas pocas palabras. Ya pesado es nuestro diario vivir. Las horas interminables gastadas en espacios vacíos, en palabras huecas, en miradas ajenas. No necesito más que el sudor en gotas de cada poro de tu piel para sentir que el mundo tiene sentido. Tal vez una lágrima surcando tu mejilla. Tal vez el deseo hecho carne en tu piel. Tal vez el deseo hecho materia en gemidos a viva voz. Sólo la humedad de tu sexo puede devolverme el mundo perdido del ala izquierda de mi imaginación.

31 de mayo de 2008

María Melena

María sostiene en su mano derecha un papel arrugado y en la izquierda un cigarro olvidado que el viento se va fumando. El frío le tiene la punta de la nariz húmeda y los dedos congelados. Una nube gris, como el humo pesado de los carros, se va condensando. Una gota cae violentamente sobre su ojo lloroso. Da la última calada al cigarro y se deshace de él. La gota mensajera trae consigo otras más. El concreto de la calle se va tiñendo de gris más oscuro.

Sigue caminando pero no sabe a dónde ir. Se deshace del papel olvidándolo de inmediato. La lluvia ligera no cesa. Oscurece. El sonido del viento en los árboles la hace sentir tranquila pero mucho más sola. Las luces de los autos hacen brillar sus ojos. Una mujer sucia se le acerca y le pide una moneda. No sabe qué decirle así que ignora su mirada y evita su olor alejándose de ella.

El cabello le pica en la base de la nuca, se rasca. Pequeñas partículas de polvo blanco caen sobre sus hombros convirtiéndola en una mujer poco deseable aunque de caderas robustas y cintura de avispa. Mira sus uñas y empieza a limpiarlas. Se tropieza con una piedra, brinca un poco, se sonroja y continúa. Alguien a su lado le dice una sandez. ¡Malparido! Quisiera gritarle, pero apenas lo susurra para sí misma.

Ella lo ve todo húmedo y tembloroso. Algunas gotas de lluvia caen en el centro de su cabeza y se deslizan por su rostro confundiéndose con lágrimas. La lluvia arrecia, la ropa le va cambiando de color. Se siente como en el diluvio. Y ¿si así fuera?, ¿a quién subiría?, ¿dos de cada especie?, ¿hembra y macho? Todo sería una orgía inagotable, sucia y con olor a mierda. Un asco imponente le turbia mucho más la mirada.

La luz blanca de un paradero se ve a lo lejos. Camina hacia allí. Se sienta. El frío se hace más intenso, le cala en los huesos. La piel se le entumece. Los labios le tiemblan, los ojos se le empañan de tristeza. Siente nuevamente el vacío en su vientre. El frío no sólo está fuera de ella, se le ha quedado dentro, muy dentro, tal vez más allá del útero. Más hundido de lo que jamás hubiera imaginado. Los recuerdos se le agitan y la hacen estremecer. Tal vez debió y tal vez no; tal vez aquí, pero tal vez no; tal vez mañana, pero tal vez nunca. Se remueven placas oscuras en su mente. El recuerdo late, sus manos tiritan, se le congelan los dedos.

El llanto de un bebé la despierta del breve lapso de nostalgia y arrepentimiento. Manotea inquieto dentro de su carriola. María escucha sus gimoteos y sollozos, observa atentamente cómo su rostro se arruga y se contrae por el desespero. La madre parece que sólo escucha el sonido de las gotas sobre el plástico que cubre el coche. Estando bajo la lluvia con aquel a quien llaman inocente -ella diría ingenuo- reafirma una vez más su decisión y un poco de calor se le cuela por las axilas.

Se detiene un bus. Dentro, una madre castiga a su hija por vomitar dentro del vehículo. María ve cómo le golpea la espalda con tal rabia que ve en aquella mujer toda una generación de mujeres que nacieron creyendo que tenían el instinto maternal. Una necesidad de felicidad infinita. Una sonrisa se le cuela en los labios, una carcajada le retumba en la cabeza. La imagen pasa. Su mirada cruza la calle. Frente a ella un pequeño mendigo, empapado de pies a cabeza, la observa. Le escupe una mirada sucia de odio. La inocencia no existe.

Baja los párpados tratando de aislarse de su propio dolor y del odio. Las historias, escuchadas y otras tantas presenciadas, se esbozan una tras otra dentro de su cabeza. El niño al que castigan hundiéndolo en una profunda alberca de agua fría, la niña de once años embarazada por su padrastro, los fuertes golpes en la espalda, el llanto desesperante, la soledad. El calor se le mete en la entrepierna. Ya no se siente tan mal.

Abre los ojos.

Se levanta y camina, quiere fumar. Se acerca a una tienda y pide un cigarrillo. Lo enciende a la salida. Se entretiene observando el humo blanco que sale de su boca después de la primera calada. Lo ve desvanecerse en el vacío de la noche, esperando, el transporte que finalmente la llevará a casa. -Todo pasa, siempre pasa- lo susurra para ella misma, pero quisiera decirlo mucho más alto. Un pensamiento hecho carne. Fuma un poco más y se deshace de la colilla, le sabe a pasto quemado. Ve venir el bus que le sirve. Estira el brazo y le hace el pare. Sube y aunque hay puestos decide no sentarse, está muy mojada. Intenta observar la ciudad pero los vidrios están empañados. El calor humano se filtra y se hace pegajoso. Su mirada se detiene en las gotas de agua, mezcla de sudor y aliento tibios. Vaho que resbala por las ventanas y puertas del vehículo.

Unos minutos más adelante baja, camina unas cuadras y se detiene frente a su casa. Cruza la puerta. Allí, a la entrada, se quita medias y zapatos. Con un poco más de dificultad el jean y el suéter, escurre el agua sobre el tapete de bienvenida. Observa sus piernas, su cuerpo. Las manos, el pecho y la boca le tiemblan. Levanta un poco su camisa y pone las palmas sobre su vientre. Se siente caliente y eso la hace sentir mejor. Termina por desnudarse. Se quita los calzones que lleva empapados. Se da cuenta que es la segunda vez que se los quita en el día. Un escalofrío le recorre la espalda y se queda vibrando en su cabeza. Ya no lleva el arrugado papel en su mano y la tristeza se le desvanece un poco. Sin pensarlo más, da el siguiente paso. Va hacia la alcoba y se recuesta sobre la cama. La carcajada aún retumba en su mente. Se reproduce en su boca –instinto maternal, ja ja ja ja-, dentro de poco no podrá controlar su risa.

Las decisiones son así, y luego se olvidan, a no ser que se repitan en días lluviosos como éste.