14 de junio de 2011

El deseo es droga de animales


… that I would be fine even if I went bankrupt

that I would be good if I lost my hair and my youth

Alanis Morissette

El deseo es droga de animales

El paraíso está viciado, lleno de animales en celo depredados en sí mismos ¿Acaso el arca de Noé fue un experimento lascivo, un experimento fallido? Somos el arca del universo. Escondidos hicimos mierda nuestras jaulas. No hay quién nos alimente, no hay quién nos lave, somos una mezcla salvaje de cuerpos contra las paredes del mundo.

Soy animal del paraíso devorado. Soy animal en celo, entregada y arrebatada de mis sueños ahora pesadillas de carne. Soñé con pieles morenas acariciando mis pechos, con manos apretando mi cuerpo, con cuerpos danzando sobre mis pieles. Soñé durante tanto tiempo. Ahora vivo una pesadilla, sudores extraños me recorren, olores profundos se lamentan en mi nariz. Vivo el color acre y nauseabundo de las esquinas de esta ciudad caída en pieles curtidas y abatidas. Deseosas de cerrar los ojos y volver a soñar.

Soy animal en celo del paraíso devorado. Alma humana, cuerpo bestial. Me entregué a mis sueños insaciable, todos quise devorarlos, al final me han engullido ellos a mí. Despojada de deseos puros color carmín, superada por pesadillas granate, hechas de sangre y fluidos acuosos.

Soy una fiera mujer. Hecha de pelos y piel. Sudorosa, olorosa, resbalosa, amante del mundo. Incauta me atrapó el deseo en la cima del mundo, me enjauló, me devolvió a los brazos de los hombres para ser animal tras rejas, de ojos tristes y piel arrugada. Llenándome de tristeza y miedo para descargar esta furia que me llena la cabeza, las manos y los pies. Esta tristeza que pisotea el alma, esta soledad que grita desde lo profundo de mi cuerpo, desde lo vacío de mis vértebras.

Soy una bestia almidonada de ojos acuosos. Quiero escapar y cruzar las fronteras que me detienen en este espejo. Me veo siempre a través de pantallas multicolor que me muestran un paraíso decadente. Figuras ancestrales que detuve para no saber del pasado. Mentí. ¿Acaso existió alguna vez el paraíso?

29 de mayo de 2011

Nebulosas

Tengo sueños abrazados por el humo de la cannabis. Donde soy el centro y este deseo que estalla dentro de mí se derrama por mis poros. Donde tengo la exquisita capacidad de hacer sentir en todos El Deseo. La suprema habilidad de unir los cuerpos al mío, en busca de colmar hambres, porque estoy tan llena que soy como árbol, fruto prohibido lleno de pecados.

Sueño con una cama amplia en la que me hundo en suavidad con un nimio movimiento. Me encuentro al borde y al otro lado, un hombre. En medio de los dos, como perdidos en el vasto mar, están el cuerpo de una niña y el de un joven. Creo, por la forma cercana de sentirlos, que nos une un vínculo de sangre. El joven está cerca a mi pecho, la niña abraza al hombre del otro borde. Tanta calidez hay en el contacto de nuestros cuerpos que siento la necesidad de abrazarlo y le tomo por la espalda, nos sorprendemos al darnos cuenta de nuestra desnudez. Me separo pero el deseo de quedarme junto a él no desaparece. El ardor que siento al poner mi abdomen contra sus nalgas hace palpitar mi pecho. Y siento deseo. Deseo de su cuerpo. Late con prisa mi corazón y tengo miedo y éste va creciendo al ver que la niña me mira y que el hombre ha desaparecido. El chico duerme. Me sobresalto nuevamente el sentir una mano fría en mi espalda. Una mano que se desliza con confianza a mis nalgas y se instala entre ellas acariciando con uno de sus dedos de arriba a abajo. Me abandono al placer. La niña abraza al joven y le da un beso en la frente. Mientras aquella mano me exige cerrar los ojos y abandonarme; aquellos pequeños se pierden en la profundidad de esa cama gigante.

Sueño con un camaleón de suaves fauces, lobo multicolor. Un hombre que se camufla entre el pardo de mi piel. Un animal salvaje que muerde arrancándome gritos de satisfacción. Una elegía por mi muerte. Una metáfora de su amor es comerme. Dentelladas, el aire detenido en mis pulmones, el tiempo detenido en sus labios. Las palabras me abren huecos en la boca. Su piel granate simula la mía que ha sido castigada. Sus manos como garras que deshilachan, me abren el alma mientras yo entre suspiros intento no olvidar su nombre. Sueño también que las personas fuman y beben entre nebulosas terrazas, que hacen el amor tras los muros donde luego los empalan, que son como pañuelos que absorben vinos y fábricas que expulsan humo. A veces también sueño despertar.

28 de mayo de 2011

Argamasa

Cabeza erguida, pies rápidos, los ojos del piso al horizonte y vuelta abajo. Hasta que algo hace que un pie no se ponga delante del otro. Se detiene a observar. Unos pasos más adelante sobre la acera, hay un bloque rectangular, de cuatro metros de alto por dos de ancho. En el centro tallada una circunferencia de bordes corrugados. Un hueco. Un agujero que permite ver el otro lado de la calle. Una escultura posmoderna de un autor anónimo. Un gran ano.

Alicia sonríe. Se le filtra la sonrisa en la comisura de los labios al imaginar el tamaño del instrumento que perforaría tan pulcro orificio. Límpidamente, sin destruir ni cercenar la perfecta circunferencia que en ella se dibuja. Vuelve a mirar la escultura. Una lluvia ligera moja la gran figura humedeciendo su mente. Desea ese poder entre sus piernas. El instrumento capaz de atravesar la argamasa rectangular y labrar sobre ella ese espléndido ojal.

La imagen se queda en su mente. Sigue caminando sin olvidar lo que desea. Entra al bar. El lugar está en penumbra, suena rock de los ochenta. Camina hacia la mesa más alejada. Pide una cerveza. La música continúa. Sus hombros se mecen de un lado a otro. Sigue el compás con los dedos, las uñas golpeteando sobre el borde de madera. Mira la botella, mira el local. Estudia cada una de las mesas. Algunas continúan vacías. Parejas. Grupos de amigos. Un hombre solo. Vuelve a su trago, a la música. Pasan varios minutos, el tipo de la barra le ofrece una copa y luego otra, la invita un cigarro, le coquetea sin resultados positivos.

El hombre solitario, de barba desordenada, se queda mirándola. Ella gira, lo observa y le habla con su cuerpo. Ninguno de los dos abandona los ojos del otro. A Alicia siempre le han gustado las confrontaciones. Lo reta con la mirada. Lo seduce con los labios. Lo llama con sus gestos. El tipo se acerca lentamente, creando un espacio de levedad. Una atmósfera donde los demás no pueden verlos, y ellos no se percatan de que los otros existen y que sus ojos se clavan también sobre sus sexos.

Un animal en celo frente a otro con hambre. Lanzan palabras desde sus labios. Saludos, nombres, profesiones, edades, gustos, deseos, finalmente pasiones. Una lucha silenciosa se despliega sobre la mesa y se va volviendo mordaz a través de cada botella. Entonces, Alicia se da cuenta que su burbuja de intimidad está húmeda, llena de un vapor tibio y pesado. Un olor, penetrante y dulzón, se les ha impregnado en los poros, ella quiere lamerlo en cada sombra de su cuerpo, degustar y sentir esa humedad en su lengua, detenerse y tragar el placer en cada gota, pero las palabras no alcanzan a saltar las vallas que los separan en sus celdas. Ojos de animal enjaulado. No queda más que seguir tomando.

Luego, ella se levanta, pide un cigarrillo y sale a fumarlo. Fuera, da dos caladas y lo deja. Intenta volver a la mesa pero se detiene ante el aroma agridulce de esa barba desordenada que asoma antes de que pueda entrar. Comparten un par de palabras y un poco de cigarro que él acaba de encender.

Me mira con ganas de joderme, de lamerme. Suavemente, a través del humo blanco que expulsa su boca, me acerco. Pongo mis labios en los suyos, meto mi lengua entre su boca, pruebo el sabor seco y agrio del cigarrillo que acaba de aspirar, acaricio sus dientes y siento el profundo de sus mejillas. Toco con mis manos su trasero y lo aprieto, mientras mi boca es penetrada por su tersa lengua.

Los besos del hombre están saturados de desespero, de ansiedad, de esas ganas que ella misma va colmando con sus labios. Sumergidos en el cuerpo del otro sintiendo la realidad acuosa y fresca entre sus piernas. Se detienen para verse, sus pómulos sonrosados, su barba vaporosa y caliente. Ciegos a sus ojos, continúan conociéndose con las yemas, contemplándose entre brumas tibias. Vuelven al bar. Se acarician con incertidumbre, inmersos dentro del otro, sudan y continúan esperando algo que no llega. Las botellas vacías llenan la pequeña mesa de madera. Alicia mojando su ropa interior. Él ocultando su excitación de las miradas de los otros, dejándola solo para ella y su piel. Las caricias sobre la ropa se hacen demasiado evidentes.

Ella le pide que vayan a otro lugar.

Alicia tiene sed de poder. Tiene ganas de comerse el deseo, de ser penetrada por sus sueños, de poseer el objeto de su pasión. El culo de un hombre, como aquella escultura límpida a la que ella misma quiere cincelar. Ser creadora y dueña de su obra. Nunca el deseo de posesión ha sido tan fuerte como esta noche. Se encuentran en la alcoba amoblada especialmente para la ocasión. Ella observa, por medio del espejo, su cuerpo sobre el de él.

Cabalgo sobre su espalda, observo su culo entre mis piernas, mi pubis rozando la hendidura donde se encuentra el ano que quiero perforar. Ensalivo con exquisita delicadeza mi dedo índice, lo hundo suavemente entre mis labios y lo devuelvo al frío ambiente envuelto en babas tibias. Lo paso suavemente entre sus nalgas e intento enterrarlo de a poco en su agujero. Él gime suavemente, levanta su trasero y hace que mi entrepierna llore caudales de líquido gelatinoso y transparente. Cálido. Entrando, le doy tanto placer como me es permitido. Sintiendo cómo me desespera mi propia indecencia, mi incapacidad para controlar la pasión que me chorrea, y entonces, quiero introducir un dedo más, conectarme tanto con él que no pueda sentir placer sin tenerme sobre su cuerpo. Sin temor, pero con torpeza, lo hago, pero ya no gime sino que parece rugir y me desmonta salvajemente de su cabalgadura.

Luego, la penetrada es Alicia. Tan fuerte y tan rápido que su vagina palpita y ella cree que tiembla y retumba como la sangre en los oídos. El gemido de su vulva, del clítoris aplastado por su vientre. Ese deseo de venganza que parece corroerlo le excita terriblemente. Ella ve su frente y sus labios en una mueca de rabia y furor, la gira bruscamente. Mueve su cuerpo con violencia. Un vuelco de piel; como una patada en el aire antes de golpear su vientre, se le detiene la respiración en los labios. Siente cómo le abre el culo. Percibe su fuerza en lo profundo de su cuerpo, cada músculo se contrae, cada poro suda gotas de placer sonrosado. La mente se le nubla. Un eco nace entonces en su pecho y escapa por entre sus dientes agitando las ventanas de la habitación.

Una gota de sudor cae en mi ojo. Me hace recordar la brillante humedad de la escultura pulida y abandonada en el andén de aquella calle.

13 de septiembre de 2010

Ligerezas

Sin prohibiciones en la palabra, sólo unas de más en bocas cerradas. Sin jurar en vano o prometer imposibles. Sin buscarte más allá de encontrar tus labios o toparme con tus ojos. Sin omitir, mentir u ocultar. Estar contigo me libera. No hay anclas que dejar, ni barcos detenidos en altamar. No hay dolor contigo. Ni futuro.

Éramos tan leves.

Hasta que mi deseo escapó por los poros ocupando un lugar en mi mente y te hiciste una presencia continua. Mis pensamientos empezaron a divagar esbozando tu figura. Susurrando tu tono de voz suavemente sobre los lóbulos de mis orejas. Tu cuerpo como un ente hizo conciencia en mi cotidianidad y empezaste a pesarme. A subirte en mis hombros y hacerme doler la conciencia. Temí por ti, cuando creí que eras ligero, pero al final es tu sombra quien se ha quedado bajo mis párpados. Irrumpes en mis sueños. La piel de todo tu cuerpo que rozando la mía me demostraba que el deseo continuaba en mis poros. Pero despierto, ¿sabes? Y un eco de sollozo se me ahoga en la garganta.

En la prisa de evitarlo me desnudé sin restricciones. Con la rapidez del momento, con el palpitar en tormento. Ya no pude respirar más, las babas se atascaron, los labios se abrieron, un murmullo al menos quise pronunciar. Nada. Ni una sola lágrima pude esbozar.

La verdad es que la voluntad no me alcanza. La verdad es que el deseo se me arrellana en la yema de los dedos recorriendo a galopes mi cuerpo hasta llegar a mi pecho y darle un golpe en seco al corazón, para que toda la sangre corra como olas por mi cuerpo y me sonroje de solo pensar en ti.

Pero la solté. Mi barco se detuvo en medio de lo que creí un suave sueño. Un monótono vaivén sobre las mismas olas me devolvió a la realidad. Las anclas siempre yacen donde las dejamos. Pesadas. Lo ligero se ha acabado.